Hay libros que no puede uno
dejar pasar. Sin saber bien por qué, entre la marabunta amenazante que nos sobrepasa, de repente destaca un título y
uno siente la necesidad imperiosa de asaltar sus páginas, esperanzado y a la
vez temeroso de acertar o errar en esa búsqueda incesante del lector tras la buena literatura, cada vez
más esquiva. Algo de eso me ha sucedido con ‘Patria’, la nueva
novela de Fernando Aramburu, autor al que habíamos perdido la pista desde aquel excelente ‘Años lentos’ publicado hace tiempo. Tratar de explicar la atracción hacia un
libro antes de leerlo puede ser compleja, o simplemente inexplicable. Otros
libros, como ‘Patria’, que me he ido encontrando y seguiré encontrando en mi
periplo de lector, también firmados por un escritor de prestigio, y que trasladan al lector historias que gozan del beneplácito unánime de público y
crítica, sin embargo no han logrado captar
mi atención hacia ellos o, en todo caso, si finalmente los llegué a ojear o
leer, lo fue más obligado por razones profesionales y de opinión que por
atracción. Con ‘Patria’, como
antes con ‘El mapa y el territorio’ de Houellebecq, ‘Némesis’ de Philip Roth, ‘La
Fiesta del Oso’ de Soler o ‘Un año en la otra vida’ de José Mateos, entre
otros, todo vuelve a suceder de una
forma tan natural como inexplicable, y en
mi simbiosis con el libro no han intervenido ni comentarios o escritos
ajenos, ni tan siquiera el grato recuerdo que me dejó como lector aquel libro
de Aramburu que antes mencionaba. ‘Patria’
una novela literariamente perfecta, nos hace llegar una historia
pegada a un territorio y pese a ello sortea con maestría el riesgo del
localismo para convertir un paisaje reconocible
en el escaparate de los valores y las miserias humanas universales. Pero
no, no son estas breves líneas una reseña de esta singular novela, sí en cambio
las que quieren dejar testimonio de ese misterio, el de volver a toparme con
otro de esos libros que uno no puede dejar pasar, de esos que sin saber por qué
te arrastran a asaltar sus páginas y reencontrarte con la cada vez más esquiva
literatura. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO
Una biblioteca es lo más parecido a un laberinto, un laberinto lleno de libros, de mundos por descubrir.En homenaje a las bibliotecas y a la lectura , preside la cabecera de este blog un dibujo del pintor jerezano Carlos Crespo Lainez: "Noche de lectura".
LECTORES SIN REMEDIO
Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.
sábado, 3 de diciembre de 2016
viernes, 25 de noviembre de 2016
CULTURA LOCAL: LIBRERÍAS (I)
A estas alturas de mi vida, toda ella
profesionalmente hablando, circunscrita a un ámbito muy concreto de la cultura
cual es el mundo del libro, si algo creo haber alcanzado no es por supuesto
fortuna o fama, sí en cambio el haber perfeccionado el instinto de captar la realidad de ese mundo, libre de
disfraces y artificios con los que algunos intentan disimular sus carencias,
una realidad en nuestra país que tiene más de prosaica
que de poética. Si acotamos el espacio
geográfico, pues lo que nos interesa es rastrear el peso que el mundo del libro
tiene en esta ciudad, Jerez, nuestra atención se debe fijar ineludiblemente en
dos elementos: las librerías y las bibliotecas. Por supuesto que hay
otros agentes, pero estos dos son sin dudarlo los principales. En cualquier
ciudad es fácilmente perceptible, incluso para un observador ocasional, el peso
cultural del libro simplemente acercándose a sus librerías y bibliotecas,
visita sin necesidad de guías
locales, donde percibiremos el calor o la indiferencia que la ciudanía o
las autoridades locales muestran por la cultura, y por extensión por el libro.
Jerez para un visitante cultural y ocasional se mostraría como una ciudad donde
no proliferan las librerías -dejaremos las bibliotecas para una segunda
entrega-, aunque no es este un dato singular pues es la tendencia general en un
país donde ha bajado su número -por causas muy diversas, y no solo achacables a
las nuevas tecnologías-. Sin embargo, y es este otro dato que no siempre se
encuentra en las ciudades que el visitante cultural recorre, las librerías
existentes, al menos la mayoría, se muestran como esos pozos de agua
-permítaseme la comparación- que buscan los nómadas que atraviesan el desierto
y sin los cuales no podrían culminar su viaje. Sería injusto decir que Jerez es
un desierto cultural en lo que al libro se refiere, pero para ese visitante
ocasional la existencia de un vocacional y apasionado gremio de libreros locales ayuda a suavizar
el paisaje. Es un gremio digno de
admirar por muchas razones, y no la menor por su templanza al tratar de
evolucionar al ritmo de una sociedad cambiante, de hábitos lectores muy
distintos a los que conocieron nuestros padres, y donde nadie es capaz de
profetizar -acuérdense de McLuhan- hacia donde nos lleva esta sociedad de la
información donde las nuevas tecnologías lo invaden todo. En Jerez el visitante
cultural captará rápidamente que quedan pocas librerías, pero también
reconocerá, afortunadamente, que las que quedan, la mayoría, son, aparte de
lugares donde se comercializa el libro, pequeños centros culturales que
contrarrestan las carencias más que evidentes que los poderes públicos dejan en
este aspecto de su paisaje urbano. (Ilustración: J.F. Petto) RAMÓN CLAVIJO
PROVENCIO
CUSTOMIZAR
Hace unos días y paseando
por los comercios de una de las grandes superficies de la ciudad, bajo la
excusa de “hacer tiempo”, aunque ni mi mujer ni yo sabíamos para qué lo
hacíamos, a la madre (que es una blanda) se le ocurrió comprarle una camisa a
la niña. Cuando llegamos a casa, la niña cogió la camisa y unas tijeras, le
cortó una manga, le hizo dos sietes por los costados, le puso tres cintas
adhesivas y dos imperdibles y se la probó. A la camisa ya no la conocía ni la
madre o el padre que la cosió. “Mira, mamá. Ya he customizado la camisa”. Menos
mal que la madre (una mujer para un pobre), hizo de la manga sobrante un paño
de cocina y le respondió a la niña: “Mira, niña. Ya he customizado la manga”. Y
yo, que a todo esto asistía tan atónito como atento espectador, me pregunté
para mis adentros: ¿podría yo hacer esto con algún poema o relato? ¿podría
customizar una obra literaria hasta el punto de que no la conociera ni el padre
o la madre que la escribió? Debo aclarar que derecho y veloz me fui al
diccionario de la RAE y aún no se recoge en este un verbo tan lleno de
posibilidades y tan rico en experiencias. La verdad es que la imitación ha sido
desde que tenemos uso de conciencia literaria un concepto muy controvertido,
venerado en otro tiempo pero perseguido desde que se impuso la originalidad
como principio de creación. Hace ya unos años fuertes polémicas se levantaron
en los ambientes literarios por un quítame allá estas customizaciones, que
diríamos ahora. Porque de tomar prestados algún que otro verso o algún que otro
párrafo, por no hablar de páginas, se trataba; es decir, ponerle dos o tres
imperdibles a un poema o quitarle alguna manga al relato. Pocos intentos me
bastaron para darme cuenta de las escasas aplicaciones que tiene el verbo
customizar en literatura; en esa buena literatura que no consiente ni entiende
de parches ni remiendos. José López Romero.
sábado, 12 de noviembre de 2016
PREMIOS
¡Las casualidades que
tiene la vida! El mismo día en que los borrachuzos (Sánchez Dragó dixit) de la
Academia Sueca anunciaban la concesión del Premio Nobel de Literatura a Bob
Dylan, moría en Milán Darío Fo, el que recibiera el mismo premio en 1997. ¡Y
qué diferencia! ¡Qué distinta, imposible de comparar, la talla literaria del
escritor italiano con la del cantante, al que se le concede el premio por
“haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana
de la canción”! En el fragor de las copas supongo que no encontraron algo más
inteligente con que justificar la concesión. Hay años y galardonados en que se
observa una peligrosa deriva de estos premios que lejos de mantener el
prestigio, lo terminan por dilapidar. Pero volvamos a la Literatura. En unos
pocos meses Italia, y con ella toda la cultura de nuestro occidente, se ha
quedado huérfana de dos grandes escritores del siglo XX y comienzos de la
actual centuria: el ya citado Darío Fo y el gran Umberto Eco (fallecido también
en Milán, el 19 de febrero de este año). Ninguno de los dos, como los enormes
clásicos de la cultura renacentista que nos regaló la Italia del Quattrocento y
del Cinquecento, necesitan de presentación alguna. Fo es uno de los dramaturgos
más influyentes e importantes de la segunda mitad del siglo XX, con obras como
‘Muerte accidental de un anarquista’ o ‘Aquí no paga nadie’, por no citar sus
piezas cortas (algunas de ellas recogidas en su volumen ‘No hay ladrón que por
bien no venga’), heredero de la más clásica tradición teatral occidental, desde
las comedias latinas hasta el esperpento de Valle-Inclán; y Umberto Eco, quien
al margen de su labor como novelista y su emblemática ‘El nombre de la rosa’,
sigue siendo en sus trabajos la referencia obligada de los estudios
semiológicos, porque nadie como él estudió la relaciones del arte y todas sus
manifestaciones con el público; a sus tratados de semiología, habría que añadir
‘Apocalípticos e integrados’ o ‘Los límites de la interpretación’. Eco
pertenece a esa otra lista de escritores damnificados (con Borges a la cabeza),
a los que ni los efluvios etílicos consiguieron que le concedieran el premio
Nobel; premio que se hubiera sin duda prestigiado por contar en su nómina de
galardonados con este escritor. Y puestos a hablar de premios, ¿por qué las
editoriales o ciertos organismos públicos no se dedican a instituir premios
para escritores noveles, como hace unos días se quejaba en las páginas de este
Diario el joven novelista jerezano Alejandro Berrquero? ¿por qué no hay un
Planeta, o un premio nacional o de la crítica para una primera novela (opera
prima)? No cabe duda de que es más fácil y seguro apostar por consagrados por
aquello del balance final de resultados (ingresos – gastos). Y es que la
literatura al fin y al cabo no deja de ser para muchos más que un producto
comercial, como las canciones de Bob Dylan; y si no, que se lo pregunten a su
cuenta corriente. José López Romero.
FRENÉTICO
Desde
que McLuhan predijo, allá por el año 1970, a través de su famoso tratado ‘La
Galaxia Gutemberg’, que el mundo que conocíamos, el que venía de
aquel invento revolucionario y que lo trasformó todo cual fue la imprenta,
desaparecería con la irrupción de las nuevas tecnologías, muchas cosa han
pasado pero quizás la más evidente es que aquella extrema predicción del
canadiense no se ha llegado a cumplir ni nada parece indicar que vaya a serlo
alguna vez, al menos tal cual él lo imaginó. Durante décadas, y tras el libro de McLughan, las profecías en torno a la
desaparición real del libro en papel proliferaron tanto como las que
vaticinaban el fin de los tiempos, sin embargo aunque es evidente que
aquellas profecías erraron en lo esencial, también lo es que algo -o más bien
mucho-, está cambiando, y lo que es más importante: el ritmo del cambio es tan
frenético que realizar hoy día vaticinios y
profecías sobre el futuro del libro tradicional - pero también sobre
el digital o los mismos sistemas y
plataformas por donde accederemos a la información- resultan inútiles. Prestemos atención al ritmo del cambio que mencionamos: la escritura apareció
alreddor de 4000 años ante de C. Los soportes de esta también evolucionaron
desde la tablilla de arcilla hasta el papel, al igual que los sistemas de
producción que sufrieron una revolución con la irrupción de la imprenta de
tipos móviles. Finalmente en el siglo
XIX las prensas de vapor empezaron a
imprimir millones de libros y periódicos a la vez que se popularizaba la
lectura entre las capas más desfavorecidas de la sociedad. Pues bien, si se
necesitaron milenios para esta evolución, y solo han trascurrido unas décadas,
desde 1974 en que apareció la versión más básica de internet, hasta el día de
hoy para que el ritmo frenético de cambio de las nuevas tecnologías vayan trasformando el paisaje - pero todo
ello sin que el libro tradicional haya desaparecido- ¿alguien se atreve a
vaticinar lo que nos deparará el inmediato futuro? RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO
viernes, 28 de octubre de 2016
SENSACIONES CONTRAPUESTAS
(24
de octubre, Día de La Biblioteca)
Recibí
esta efeméride anual, el Día de la Biblioteca, con sensaciones contrapuestas.
Por un lado, orgulloso de encontrarme en una ciudad que fue pionera en la
implantación de la biblioteca pública en nuestro país, cuando la lectura entre las clases populares y menos
favorecidas era casi una quimera; pero por otro lado, con tristeza
al observar los menguantes recursos con que un año tras otro se dispone para
unos servicios públicos que no han terminado de calar en España de igual forma que
en otros países europeos, donde la biblioteca pública es algo pegado
indisolublemente a la vida cotidiana de sus habitantes. Cuando observo y releo
viejos documentos e impresos del año 1873, en los que se habla de los
preparativos y posterior inauguración en Jerez de la que andando los años se ha
convertido en la Biblioteca Municipal más antigua de Andalucía, aún siento una
cierta emoción de que aquel hecho lo protagonizaran conciudadanos nuestros, que
seguramente entonces no imaginaban que aquella modesta colección bibliográfica
de apenas dos mil títulos, y especialmente creada para la instrucción y ocio de
las clases populares, llegara a cumplir los 143 años con una colección que hoy
supera los 100.000 volúmenes, algunos
piezas únicas de contrastado valor patrimonial. Pero también, por contra, me
siento defraudado cuando observo cómo los ingentes esfuerzos realizados desde
mediados de los años ochenta del pasado siglo por la administración en pro de
una moderna, eficaz y bien dotada red de lectura pública en Andalucía, parecen
no solo haber menguado, sino casi se han detenido desde finales de la década
pasada, hecho que se deja notar sobre todo en las bibliotecas municipales. En
nuestra ciudad, que además de pionera,
como decíamos al inicio de estas líneas, en la implantación de bibliotecas
populares lo fue también en la provincia de Cádiz al poner en funcionamiento la
primera red de bibliotecas urbanas, no solo sentimos como en otros lugares la
virulencia de la crisis económica sobre
las bibliotecas, sino que esta además se vio agravada por decisiones políticas cuando menos desafortunadas que penalizaron
la cultura especialmente, convirtiendo la red de biblioteca públicas
municipales en una sombra de lo que fue. Pasé pues el Día de La Biblioteca debatiéndome
entre sensaciones contrapuestas, la de ser consciente de que hemos recibido un
legado de valor incalculable que debemos preservar, y por otro, las que me
provoca la indiferencia histórica de gran parte de nuestra clase dirigente -en
esto poco europeístas- sobre esta institución, que sigue siendo tan necesaria
en esta sociedad tecnológica como en aquella de 1873 cuando se inauguraban las
primeras bibliotecas populares. RAMÓN
CLAVIJO PROVENCIO
POESÍA SOY YO
Título de
la antología y también respuesta al propio editor del volumen, Chus Visor,
quien el año pasado se dejaba caer con unas declaraciones sobre la poesía
actual española, en la que venía a decir, entre otras perlas, que no hay
grandes voces femeninas en la lírica española desde principios del siglo
pasado. Lo curioso (el negocio induce a estas contradicciones) es que sea la
editorial de Visor en la que se haya publicado esta recopilación a cargo de
Raquel Lanseros y Ana Merino y que recoge una excelente muestra de la poesía
femenina desde 1886 hasta 1960. Ochenta y dos mujeres tanto españolas como
hispanoamericanas (“poetas en español del siglo XX” se subtitula la antología)
bien representadas a través de sus poemas y que nos dan una visión bastante
completa de casi toda una centuria de poesía femenina. Pero dos antologías más
han venido en pocas fechas a sumarse a la de Lanseros y Merino: ‘(Tras)lúcidas’ (Barleby
ediciones) coordinada por Marta López Vilar que viene casi a completar a aquella,
pues el periodo que abarca es de 1980 a 2016, poesía última por tanto; y ‘20
con 20’, a cargo de Rosa García Rayego y Marisol Sánchez Gómez (Huerga &
Fierro) y, sin olvidarnos de la ya lejana ‘Mujeres de carne y verso. Antología
poética femenina del siglo XX’ (La esfera de los libros, 2002). Una respuesta
en toda regla no solo a las declaraciones de Chus Visor, sino a todo (o a toda)
aquel que piense que la poesía escrita por mujeres es de poco interés o que
estas no alcanzan la altura de los hombres. En Literatura, como en casi todos
los órdenes de la vida y sus actividades, establecer comparaciones sexistas
poco provecho produce si no es la provocación por la provocación con los
consiguientes conflictos, a los que esta sociedad actual tan sensible y tan
alerta está, a menos que otros objetivos se persigan con ello, que al lector
normalmente se le escapa. Pero tampoco caigamos en el victimismo bajo cuyo
manto se esconde la mediocridad. José López Romero.
viernes, 21 de octubre de 2016
MÁS QUE PALABRAS
Desde la
pérdida, tan triste como irreparable, del gran maestro don Fernando Lázaro
Carreter, y de ello ya hace una buena docena de años (2004), los que tenemos a
nuestra lengua como profesión, y en algunos casos también como devoción, una
sensación de cierta orfandad sentimos sin aquellos dardos en la palabra que don
Fernando con tanto tino y pulso firme escribía y publicaba en la prensa,
artículos que después reunió en dos volúmenes de obligada consulta para conocer
los engranajes de nuestro idioma y el uso, muchas veces chirriante, que de este
hacemos. Pues bien, el pasado verano la lectura de ‘Más que palabras’ del catedrático
y académico Pedro Álvarez de Miranda, me ha devuelto ese gusto e interés por
los asuntos y problemas lingüísticos con que leía los dardos de don Fernando. Y
a la manera de estos, el libro de Álvarez de Miranda es una colección de
artículos que su autor publicados previamente en otros medios, sobre todo en la
revista ‘Rinconete’ del Centro Virtual Cervantes. Destaca, y de ahí también la
referencia a los libros de Lázaro Carreter, la amenidad y, por momentos, la
fina ironía con que Álvarez de Miranda aborda los problemas, la mayoría
léxicos, que en sus artículos intenta aclarar y, especialmente, orientar al
lector. Porque, y esta es otra de sus virtudes y principios que el propio autor
defiende a lo largo del libro, no se trata en muchas ocasiones de aplicar la
norma con todo su rigor, sino más bien de describir usos, costumbres, e incluso
anomalías que una vez extendidas exigen cierto respeto, si no la
condescendencia del especialista. Para ello, admiramos el rastreo que el
lexicógrafo hace del origen de palabras y expresiones hasta llegar a la
aclaración de su devenir a lo largo del tiempo (expresiones como “Así se las
ponían a Fernando VII” o “pasarlas moradas”), o la divertida e interesante
confusión por deficiente lectura del manuscrito de un verso de Lope, que da
lugar a todo un altercado filológico; por no citar los artículos que dedica
Álvarez de Miranda a analizar las distintas variantes de algunas palabras
(“biruji”, “refanfinflar”), o el tan actual y lamentable problema del uso del
femenino/masculino (verduga/verdugo; modisto/modista). Pequeños ensayos en los
que, como decimos, el autor apenas quiere imponer la norma, aunque se muestra
escrupulosamente respetuoso con ella, sino mostrarnos a través de la historia
la plena vitalidad de una lengua. Y en esto Álvarez de Miranda nos da una
lección de cómo las palabras, como en cualquier otra, nacen (motivo de júbilo),
se reproducen (para nuestra satisfacción) y mueren, sin que tengamos la
obligación de celebrar un duelo con su consiguiente funeral y entierro; y es
labor del lexicólogo mostrarnos su procedencia, su uso, a ser posible el más
correcto, y dejar que los hablantes la empleen de la mejor manera posible, sin
rasgarnos las vestiduras. Un magnífico libro. José López Romero.
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