LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.

viernes, 31 de mayo de 2019

VOLVER POR LAS ACERAS SIN MEMORIA


Hace unas semanas se presentó en la Fundación Caballero Bonald el último libro de poemas de Pepa Caro Gamaza. Un conjunto de doce poemas más uno a modo de final, en los que Pepa recrea la personalidad y las vivencias, algunas compartidas por la propia autora, de doce mujeres. Es indisoluble en Pepa Caro dos facetas de su vida que se reflejan en su obra o, mejor dicho, son consustanciales a ella y a sus libros: su nacimiento en Arcos de la Frontera y su vocación de historiadora (es licenciada en Historia General por la UCA). Y de esos dos componentes o herencias (como los llamaría Marina: la biológica y la cultural), se nutren sus versos y su prosa; de ahí libros como ‘El exilio de Zaynab’ (prosa poética), ‘Con todo el invierno dentro’, ‘Las calles de la lluvia’, y finalmente este último titulado ‘Volver por las aceras sin memoria’, con prólogo del gran poeta también arcense Antonio Hernández. Las doce mujeres que Pepa Caro trae a sus versos son de Arcos y pueden dividirse en dos grupos: aquellas que Pepa conoció cuando ya eran mujeres adultas (Magdalena, Carmela, Jerónima, Frasquita…); y aquellas con las que compartió su infancia, adolescencia e incluso experiencias ya adultas, como la maternidad (Margarita, Mami, Laura…). Las primeras, vestidas de negro, con sus rodetes, sus canas, sus pañolones… son mujeres antiguas como sarmientos, como troncos de olivo que nos recuerdan a nuestras abuelas; las segundas, mujeres jóvenes herederas de esa tradición que va pasando de madres a hijas, de abuelas a nietas. Mujeres todas ellas abnegadas, fuertes, luchadoras, sufridas, trabajadoras de su casa, que se agrandan en las dificultades y que saben con ánimo y nobleza esperar y aceptar a la muerte, uno de los temas fundamentales del libro y que Pepa sabe describir con toda clase de imágenes. “Para que conociéramos el dolor / la muerte, el amor, la alegría”, dice uno de sus versos, y así es. ‘Volver por las aceras sin memoria’ recoge en los doce retratos de mujeres todos esos sentimientos y experiencias. El dolor por la pérdida de seres queridos (la viudez también presente en los poemas), por la pérdida prematura de Laura; y también el amor en todas sus versiones y manifestaciones: a la familia, a los hijos, a las amigas, a Dios y el amor conyugal (“…un buen día –era azul el cielo / e insolente la primavera-, / anudó la corbata / a su gentil esposo /y le dijo por primera vez / cuanto lo estaba amando / entre espadañas de Dios y campanas”). Y la alegría de los juegos infantiles, de la llegada de la Navidad, de los veranos que se acaban para “regresar a los cuadernos / o al inconfundible olor a la escuela”. Pepa Caro en la presentación y al hilo de la emotiva lectura de algunos poemas, fue desgranando la historia que se esconde en cada una de estas mujeres, historias llenas, como su verso dice, de dolor, de muerte, de amor y de alegría. Poesía de intimidad, de búsqueda de su infancia, su adolescencia, de sus raíces en esos retratos, en esas mujeres ejemplos de vida, para que a través de los versos de Pepa las aceras recobren su memoria. José López Romero.


HISTORIOGRAFÍA DEL JEREZ


Se celebraron la pasada semana en nuestra ciudad las XXV Jornadas de Historia de Jerez, la tradicional cita anual con la historia local y que en esta ocasión se dedican a la relación de la ciudad con el vino, o lo que es lo mismo “Jerez y el jerez: huellas de una relación histórica”. Esta relación histórica sin duda ha sido total impregnando, y no solo con los olores de los famosos caldos, que también, todos los aspectos de la vida local hasta convertir el vino en el sello distintivo de  Jerez y  que la identifica universalmente. Multitud de trabajos han ido escarbando en este apasionante mundo, y a lo largo de los años han ido aportando intensas visiones desde los más variados puntos de vista sobre esa relación de la que hablábamos antes. Sería ingenuo por mi parte pretender que en estas breves líneas podamos siquiera aproximarnos a dar cuenta de cada uno de estos trabajos, aunque sí nos atreveremos a continuación a relacionar algunos de los más representativos, teniendo en cuenta también la variedad de miradas con las que la investigación se ha acercado a este tema. Entre los trabajos decimonónicos el muy alabado en su día ‘Noticias sobre la historia y el estado actual del cultivo de la vid’ de Parada y Barreto. Por supuesto el ‘Jerez, Xerez, Sherry’ de González Gordon que significó un antes y un después en la investigación sobre el mundo del jerez, gozando de varias reediciones y convirtiéndose en casi un libro de culto. Avanzando mucho en el tiempo mencionar entre los muchos trabajos de Alberto García de Luján ‘La viticultura del jerez’, pero también la rigurosa y espléndida visión que nos deja Fernando Aroca  en ‘De la ciudad de Dios a la ciudad de Baco’, aspecto temático en el que ahonda también el arquitecto José Manuel Aladro con su libro ‘La Construcción de la ciudad Bodega’. Entre los numerosos trabajo de Javier Maldonado  destacaríamos el ya clásico ‘La formación del capitalismo en el marco del Jerez’ y por mencionar algún libro de autor foráneo que haya dejado huella ‘El vino de jerez’ de Julian Jeffs. Sin duda no están todos los que son pero sí son todos los que están. Ramón Clavijo Provencio.



viernes, 10 de mayo de 2019

EN LA NOCHE DEL MUNDO


A veces con el fin de reducir la poesía a sencillas operaciones, se habla de poetas que después de sus primeros poemas o libros no deberían de haber escrito nada más, y de esos otros que van envejeciendo como los buenos vinos, y los que fueron aquellos sus versos de juventud, se van transformando con el paso del tiempo (que es sabiduría, experiencia y dominio), en poemas de solera, que llenan el paladar más exigente. Mauricio Gil Cano pertenece a este segundo grupo de poetas, como así lo atestigua su último libro titulado ‘En la noche del mundo’ (ediciones Dalya, 2019. Con prólogo de Juan Diego Fernández). Con un valor añadido en el caso que nos ocupa y que ya he señalado en otra ocasión: Mauricio es de esos poetas que viven la literatura sin añadir a lo último ninguna preposición (ni “para” ni “por” y mucho menos “de”). Vida y literatura, sin más. Y de la misma manera que ya ha entrado de lleno en su madurez, de igual forma notamos una mayor conciencia, una maduración, un dominio del arte, el tono más personal, en definitiva, con el que el poeta se va sintiendo más a gusto. Y es entonces cuando el verso sale más reposado y sentido. ‘En la noche del mundo’ se divide en tres secciones: “Entre tinieblas”, “Lira cristiana” y “Homenajes”, aunque quizá habría que hablar de dos partes, más una coda en la que el poeta rinde su verso a amigos y familiares, de lo que después nos ocuparemos. La unidad del libro se puede observar en la tensión que se establece entre las dos primeras partes, una tensión que se resuelve en la contraposición “oscuridad/luz”. Una oscuridad en la que el poeta se pregunta por la existencia de Dios, lo que le lleva a hacerse las preguntas universales: y si no existe, ¿existimos nosotros? ¿podemos existir sin Dios? Como nos plantea en poemas “Muerte de una idea” o “Sobre la vida eterna”. Así, para Mauricio el hombre vive esa gran travesía del desierto en busca de un Dios como un ángel caído, en la oscuridad de noches sin sueños (“El verso que anuncia”). Un Dios que a veces es el del Antiguo Testamento, pero sobre todo ese Cristo al que ve el poeta sufrir en la cruz y con él se duele: “Traspásame, Señor, con esa lanza / y clávame la luz de tu armamento. / Inúndame de sol, de firmamento, / incéndiame los ojos de esperanza”. Y después de la tinieblas, la luz. La luz de ese Cristo convertido en un Dios amor, en la más pura tradición cristiana y a quien se acerca el poeta para beber de él la caridad, la belleza, todos los dones de la vida: “Hay que dar cada mañana /gracias a Dios por la vida -¡recuerde el alma dormida…!- / pedir al río que mana / que riegue cada besana. /Hay que pedir al buen Dios / ventura para ir en pos / de una nueva primavera, / por florecer a su vera / en la hora de nuestro adiós” (“Maitines”). Tres sonetos a su madre bajo el título de “Dios te salve” y el poema “La paz definitiva” dedicado a su hermana Mª del Carmen son los pasajes del libro más cargados de emotividad. Como emotivos y festivos son los homenajes que cierran el libro, entre los que destacan los  dedicados a Pilar Paz Pasamar y Vicenta Guerra. El gusto por los versos y estrofas clásicas, especialmente el soneto, es una constante en el libro, en el que también Mauricio va descubriendo a sus maestros y referentes de su poesía. Un poemario de madurez. José López Romero.

LOS LIBROS QUE NO LEEREMOS


No era la primera vez que escuchaba a alguien –esta vez a un conocido filólogo- afirmar que  no leía nada que hubiera sido editado “después de Quevedo”, aunque más que la afirmación lo que me sigue sorprendiendo es la utilización de este recurso  por parte de algunos, para manifestar su desdén por el panorama editorial actual. Todo es, por supuesto,  puro teatro y una forma de defensa, y por supuesto de crítica hacia la marea de publicaciones intrascendentes que nos inunda y que nada aportan al panorama literario salvo desvalorizarlo. Mucha culpa de ello, es evidente, está en la popularización de las nuevas formas de edición y comercialización,  y, en definitiva, a la falta de controles. Pero tampoco hay que ignorar que  desde siempre, no solo hoy día, a los lectores se les trata de engañar de muy diversas maneras, como  a aquel capitán Delano, creación de Melville, que al abordar el navío Santo Domingo trataba de descubrir a los amotinados de sus prisioneros. En relación a todo esto que decimos, y como contraste, me viene a la memoria un curioso personaje que conocí muchos años atrás. Ya anciano era muy popular entre un pequeño círculo de universitarios con pretensiones literarias, que frecuentábamos el bohemio local donde paraba. Tenía facilidad y conocimientos para hablar de los más diversos asuntos o personajes de la literatura, pero se mostraba reacio, incluso hostil cuando le pedíamos nos descubriera algunos de sus escritos. Cuando alguna vez lo hizo, siempre a regañadientes, acrecentaba su halo de misterio por la calidad y belleza de aquellos fragmentos.  Nunca confesó ambiciones literarias ni supimos de alguna creación suya que fuera editada. El tiempo pasó y  los paisajes y personajes que frecuentaba, como este del que les doy cuenta, fueron difuminándose y desapareciendo. Pero desde entonces no he dejado de preguntarme sobre cuántas obras anónimas habrían podido dejar su huella en la extensa historia de la literatura, si sus anónimos creadores como el anciano de mis recuerdos, no hubieran considerado el escribir más una condena que un camino hacia la gloria. Ramón Clavijo Provencio.



sábado, 27 de abril de 2019

DE JEREZ Y EL PAISAJE


Días atrás, en la inauguración de la exposición “Jerez y el Paisaje” en la Biblioteca Municipal, se comentaba  que gracias a exposiciones como la mencionada el “gran público” tiene la oportunidad de acercarse y descubrir el gran patrimonio que se esconde en los archivos y bibliotecas. A lo dicho habría que añadir que también estas exposiciones, independientemente de su temática o del mayor o menor atractivo visual de las piezas expuestas, son también otra manera de que seamos conscientes del incalculable valor de ese otro patrimonio, el bibliográfico y documental,  que sigue siendo sin duda el gran olvidado en muchos aspectos por los poderes públicos. Volviendo a la singularidad de la  mencionada exposición y en relación a lo que decíamos antes, podemos encontrar en ella desde documentos del siglo XV, hasta cartografía donde se pueden admirar mapas, que aparte de su belleza y enorme valor histórico nos muestran la evolución del término municipal de nuestra ciudad. Entre ellos destacar el de Tomás López de finales del siglo XVIII o el de Manuel Lechuga Florido de 1897, cuando el territorio jerezano abarcaba una superficie cercana a los 1.500 Kms cuadrados. En definitiva, en “Jerez y el Paisaje” lo que se intenta, es un recorrido por el término municipal para señalar sus características y qué transformaciones se han ido produciendo en él a lo largo de los siglos. En este sentido libros como ‘Paisaje y Naturaleza’ del jerezano Parada y Barreto publicado en 1870, y que sorprendentemente en tan lejana fecha ya muestra su preocupación por “la lenta agonía de la Naturaleza”, o el ‘Álbum descriptivo de la casa Domecq’ de principios del siglo XX, donde hemos encontrado y admirado fotografías y desconocidos grabados de la ciudad de Jerez y su entorno, redundan en lo que decimos y en el valor de lo que atesoran estas instituciones. También merece la pena mencionar el “guiño” que en esta exposición se hace a la figura del naturalista y cazador británico Abel Chapman consistente en exponer dos libros del mencionado autor: las primeras ediciones en inglés de ‘Wild Spain’ (‘La España agreste’) y ‘Unexplored Spain’ (‘La España desconocida’), auténticas joyas bibliográficas con textos e imágenes de un interés indudable para el conocimiento de la Naturaleza en nuestro país a finales del siglo XIX y principios del XX, y donde hay algunos pasajes referidos al término municipal de Jerez donde destacamos por su especial atractivo el capítulo XXV de ‘Wil Spain’ titulado “En busca del quebrantahuesos. Una cabalgada invernal por las sierras gaditanas” y que se inicia con estas evocadoras líneas: Hacia el final de Enero salimos para una exploración de dos semanas por las montañas de más allá del Tempul y Algar, una cabalgada de cuarenta millas al este de Jerez…” Ramón Clavijo Provencio.

EL RULETISTA


Hace unas semanas emprendí la lectura de la novela corta de Mircea Cartarescu que le da título a este artículo. Y a medida que la leía, más me llevaba ella a hacer una reflexión, a aplicar, como tantas veces debemos hacer, nuestras lecturas a nuestra vivencia personal. Les cuento. El narrador, un viejo escritor relata cómo fue adentrándose en los bajos ambientes de los ruletistas, personas captadas por los llamados “patrones” de entre los miserables, pordioseros y desarrapados para que se jueguen la vida ante un revólver con una sola bala en el tambor, a cambio de un poco de dinero, el que pueden conseguir de las apuestas si logran salir vivos del envite. El escritor nos va describiendo y analizando tanto los ambientes sórdidos en los que se celebra esta nueva danza macabra, así como los porcentajes de probabilidades que cada ruletista tiene, más cuando si reinciden en la provocación a su suerte. El narrador repite en varias ocasiones esa especie de risita que se le antoja el sonido del tambor al girar, ni escatima el detalle truculento de los sesos y astillas de huesos pegados a las paredes.  Hasta que se encuentra con un viejo amigo de la infancia, el ruletista por excelencia. Y es entonces cuando la narración entra en una espiral de acontecimientos que tienen a este protagonista como eje, sobre todo porque la terca reincidencia le va granjeando fama, dinero y con ello, el cambio de los sótanos asquerosos, viejos cascos de bodega plagados de cucarachas gigantes, a los salones burgueses y aristocráticos, en los que se van a celebrar los nuevos y más arriesgados envites del ruletista con la muerte. Ya no es una bala solo la que mete en el tambor, sino dos, y después serán tres, y cuatro…. Cuando terminé la lectura, no pude por menos que reflexionar sobre la cantidad de políticos que, como manual de resistencia o supervivencia, juegan a ser ruletistas pero con la sien de los demás, con la sien de todo un país. José López Romero.

viernes, 5 de abril de 2019

HOMENAJE


Casualmente en mis lecturas más recientes me he encontrado con varias frases sobre la muerte o, mejor dicho, sobre el ceremonial y las consecuencias de esta que me han llevado a la reflexión. En ‘La vida de Iván Ilich’, por seguir un orden cronológico, en el propio funeral del protagonista su amigo Piotr Ivánovich piensa: “Los funerales de Iván Ilich en ningún caso son motivo suficiente para alterar el orden del día, es decir, nada conseguirá impedir que esta misma tarde oigamos cómo cruje el envoltorio de un mazo de cartas al abrirse, mientras un criado dispone cuatro velas nuevas; en general, no hay motivo para suponer que este incidente se vaya a interponer en nuestro propósito de pasar la velada de un modo agradable”; y muy próximo en el tiempo a Tolstói, Eduard Von Keyserling en su novela breve ‘Olas’ hace decir a uno de sus personajes: “—Mi cuñado —prosiguió el consejero— decía a mi hermana: «Karoline, si yo muriera una mañana, eso no sería motivo para que aquel día la comida no se sirviera puntualmente a la hora acostumbrada; lo contrario aumentaría el desconcierto». ¿No es cierto?, y lo mismo pasa en un gran transatlántico que ha sufrido un accidente y en el cual, hasta el último momento, se sirve la comida con toda normalidad. En cierto modo es el símbolo del orden moral”. Y, finalmente, en ‘La investigación’ de Philippe Claudel, novela que tanto gusta a mi amigo Ramón, la Sombra comenta: “Ver morir a un hombre es muy desagradable. Casi insoportable. Ver u oír morir a millones diluye el horror y la compasión. Uno pronto se da cuenta de que ya apenas siente nada. La emoción está reñida con la cantidad”. Bien pensado, las tres frases tienen razón, aunque esta última nos pueda parecer sin duda muy cruel. Mantener la normalidad a toda costa. Quizá no sea la mejor manera de homenajear al fallecido seguir con la rutina diaria, pero a él poco ya le va a importar; sin embargo, a los vivos les reconforta mucho, o les sirve de evasión, seguir con sus vidas no como si nada hubiera pasado, sino como forma de volver inevitablemente a la realidad. No se trata, entiéndaseme bien, de “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”. Las distintas culturas tienen formas variadas de homenajear a los muertos; la nuestra, la cristiana, se duele pero al mismo tiempo se alegra, pues los vivos perdemos a un ser querido, pero nos alegramos porque para el creyente aquel “pasa a mejor vida”. Una alegría que se manifiesta en forma de fiesta verbenera en países como México el Día de los Muertos, como así lo describe Lowry en su ‘Bajo el volcán’. Por estas tierras en las que disfrutamos de un vino sin igual en el mundo, llevamos muy a rajatabla el refrán “el que va a un entierro y no bebe vino, el suyo viene de camino”, e incluso más de una familia me consta que ha instaurado la tradición de irse a comer después del entierro de un familiar, lo que me parece una hermosa manera de homenajearlo. Por mi parte, si me muero alguna vez, me alegraría de que después de los correspondientes y obligados, pero poquitos, llanto y duelo, mis familiares y amigos se fueran a comer como testimonio del cariño y amor que nos tuvimos y que seguro permanecerán en la memoria. Pero, por favor, que no brinden a mi salud. Cachondeo, el preciso. José López Romero.


PAPER PASSION


Desde hace unos meses he cogido la costumbre, no sé si consecuencia de la edad que no perdona, de mirar la contraportada de los libros que me interesa adquirir,  para buscar información –que cada vez es más corriente- sobre  si  está fabricado con papel reciclado o ecológico. La última manía de lector que recuerdo antes de esta, fue cuando miraba el canto de estos para comprobar si estaban cosidos o pegados. El abaratamiento de las encuadernaciones ha hecho casi desaparecer la prestancia de los libros cosidos, y hoy  es común  la insufrible visión de los libros desencuadernándose a poco que por sus páginas pase más de un lector. Pero ahora, como les decía, me asalta esta otra manía, de tal manera que a veces estoy más pendiente de encontrar el dichoso sellito  “libre de cloro” que de  hojear y ojear como debe ser el libro que puedo adquirir. Todo esto me lleva a recordar la curiosidad que despertó hace unos años, la presentación de un perfume -Paper Passion- que  conseguía evocar el aroma que desprenden los libros, en este caso nuevos, y no el típico olor a viejo avainillado y dulzón que provoca con el tiempo la descomposición de la celulosa y la liberación de la lignina. En este caso se buscaba el olor que desprenden los compuestos utilizados para fabricarlo –papel, pegamento, diversos productos químicos y tinta- antes de su degradación, cuando se mezclan y volatilizan. El poner en un perfume el olor a libro nuevo, el Paper Passion, fue una idea del estilista, pero también gran bibliófilo, Karl Lagerfeld. Aquello tuvo un éxito efímero pero tenía su lógica: si el libro en papel desaparecía por la irrupción del libro electrónico, al menos para los nostálgicos  se preservarían sus olores. Ya les digo que el éxito fue fugaz, quizás porque lo que se vaticinaba como una guerra de exterminio - donde el exterminado sería el libro convencional- acabó dando  lugar a otro paisaje más llevadero, que no significa menos fácil, donde lo electrónico y el libro convencional tratan de coexistir. Ramón Clavijo Provencio