LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.

domingo, 19 de abril de 2015

SILVER KANE

Apagadas ya las pocas luces que iluminaron el modesto homenaje que se le rindió al gran Francisco González Ledesma con motivo de su fallecimiento el pasado 2 de marzo, quiero recordar aquí el artículo que le dedicamos el 14 de noviembre del año pasado bajo el título “Deuda”. En él destacaba al González Ledesma escritor de novela negra y creador de la figura crepuscular del comisario Ricardo Méndez, como protagonista, ejemplar en su género, de novelas tan recomendables como “Expediente Barcelona”, “Una novela de barrio” o “Crónica sentimental en rojo”, con la que obtuvo el premio Planeta de 1984. Un premio que venía a engrosar la enorme nómina de galardones literarios que González Ledesma logró con sus narraciones. En aquel artículo también señalaba su novela breve “El adoquín azul” como una pequeña obra de arte, en la mejor tradición del género narrativo breve de nuestro país. Pero hoy quiero destacar otra faceta de Ledesma, la del escritor que perseguido por la censura franquista tuvo que ganarse la vida escribiendo novelas populares, sobre todo del oeste bajo el pseudónimo Silver Kane, como también escribió novelas de amor con el pseudónimo Rosa Alcázar. Mi padre era un buen aficionado a aquellas novelas del oeste que se compraban en los quioscos a muy bajo precio y que incluso se cambiaban por otras de segunda mano. Más de una leí yo también por aquellos grises años del tardofranquismo y más de una bolsa llevé a los quioscos para su reventa en aquel siempre efervescente mercado de la segunda mano, que tenía como uno de sus centros neurálgicos los alrededores de la plaza de abastos. Por aquellos años, de escasa presencia de la televisión en los hogares, la lectura era uno de los pocos entretenimientos que podían permitirse los españoles y Ledesma contribuyó con su calidad literaria a satisfacer esa afición actualmente por desgracia casi perdida. Hoy, fallecido Ledesma, es un buen día para reconocerle de nuevo la “deuda” que los españoles de varias generaciones hemos contraído con sus novelas, un excelente día para leerlas. José López Romero.


domingo, 12 de abril de 2015

LOS HUESOS

Leo a José María Ridao en su trabajo “Renacimiento como relato” (incluido en su libro “Apología de Erasmo. Ensayos sobre violencia, barbarie y civilización”, que se reseña abajo) explicar el uso o selección que la historiografía hace de los materiales o datos de acuerdo con la intención o los “sueños y anhelos” del poder establecido, y me viene a la mente en una de esas extrañas asociaciones de ideas todo el despliegue científico que se ha montado en el convento de las monjas trinitarias de Madrid. Nueve meses de trabajo, una treintena de expertos, la más sofisticada maquinaria para la detección de restos humanos, más los pertinentes análisis de ADN, etc., etc. para encontrar unos huesos desperdigados dentro de un féretro con las iniciales M.C. Demos crédito a la ciencia y admitamos (que es mucho admitir) que los huesos hallados son exactamente los de Don Miguel de Cervantes Saavedra, y digo que es mucho admitir porque si a mí me enseñan tres huesos como carbones no tengo más remedio que creer que son del muerto que dice un señor con bata blanca que son. ¿Y qué si son de Cervantes? ¿Va a resucitar don Miguel? ¿Va a tener mejor muerte? Ese rastreo, persecución obsesiva por los huesos de los muertos ilustres no se entiende si no es bajo la sospecha de que algún fin espurio hay detrás del hallazgo; si no, no se gastarían tanto dinero público en algo que en apariencia no tiene más interés que la peregrinación turística y la foto del japonés de turno. Detrás de la obsesión por encontrar los restos mortales de García Lorca, otro muerto ilustre perseguido, se esconde indudablemente la manipulación política. Los expertos nos dicen ahora que con los novedosos mecanismos de análisis podemos saber hasta si padecía de estreñimiento nuestro príncipe de las letras, como si eso fuera un dato fundamental para explicar su obra (lo mismo sí). Y mientras científicos, políticos y a los que les gustan más un entierro que una feria se afanan por encontrar más huesos, el nivel de lectura de nuestro país sigue bajando en las estadísticas internacionales; no hay más que ver, da vergüenza, los mensajes sobreimpresionados en las pantallas de nuestros televisores: plagados de faltas de ortografía. Ese es por desgracia nuestro nivel cultural. ¿Quién lee ahora a Cervantes? Cuando precisamente el mejor homenaje que se le puede hacer a un escritor es leer su obra, no encontrar tres o cuatro huesos como tizones. Tengan por seguro que si el pobre de don Miguel volviera a esta España de hoy, borraría de su féretro las iniciales M.C., para no dejar huella, se metería de nuevo en la caja y mandaría cerrarla con siete llaves para que no lo pudiera encontrar una sociedad que nunca hemos hecho el suficiente mérito para merecer su obra. Este año se cumple el cuarto centenario de la publicación de la segunda parte de su “Quijote”, una buena oportunidad para encontrarse con don Miguel de Cervantes, en carne y hueso. José López Romero.  



INDIFERENCIA

El calendario nos adentra en el mes de abril, mes por excelencia del libro y donde surgen por doquier conversos a la lectura cuya fe dura lo que tarda el calendario en ir dejando atrás el día 23, fecha  donde Cervantes y su  novela universal El Quijote son objeto del anual homenaje. En nuestra ciudad también  estos detalles los encontramos casi sin matices, aunque en 2015 las celebraciones primaverales  en torno al libro vienen marcadas, en el caso de Andalucía, por dos detalles muy relacionados con nuestra ciudad. Por un lado, el reconocimiento a la jerezana Pilar Paz Pasamar como escritora del año por el CAL, lo que se materializará con la edición de una antología, y por otro la celebración del centenario del fallecimiento de otro paisano vinculado a las letras como Luis Coloma. Hasta ahora ni una cosa ni otra parecen haber tenido mucho eco en una ciudad donde el libro y la lectura  siguen desempeñando un papel secundario, y donde sólo la aparición por estos lares  de figuras popularmente reconocibles como María Dueñas, acaparan muy brevemente y sin alardes la atención mediática. A Pilar Paz, cuya obra injustamente no ha recibido el reconocimiento merecido, como indica el CAL, tendremos ocasión de dedicarle la atención y el espacio  que merece las próximas semanas, en cuanto a Coloma ya lo hicimos hace otras tantas. Pero en todo caso, la ciudad y sus gentes parecen ajenas a estas efemérides a las que sigue sin mucho entusiasmo pese a esos matices locales, como han vivido ajenas un año más a ese 2 de abril, donde recordando a Andersen  celebramos el Día del libro infantil y Juvenil, por cuya difusión tanto hace  desde estas mismas páginas el profesor García Oliva. Pero cuando la realidad diaria es la de las bibliotecas escolares o públicas languideciendo ante la falta de atención o de medios, las administraciones   de perfil priorizando otros asuntos y  los lectores  agrupándose casi en secreto  en clubes, como en un intento de autoprotección ante una sociedad  hipócrita ante la lectura, abril, el mes del libro va quedando como  una molesta efemérides que a duras penas sobrevive entre el potente, este sí, calendario festivo local. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

sábado, 28 de marzo de 2015

FAUNA DE PAPEL

Termino la nueva novela de Arturo Pérez Reverte y confieso que he sentido una cierta emoción al dibujarse en sus primeras páginas ese universo que rodea al libro antiguo, en este caso  centrado en los ejemplares depositados en la biblioteca de la Real Academia de la Lengua y las historias que se esconden tras muchos de ellos –como es el caso de la Encyclopédie que allí se custodia y sobre la que Pérez Reverte hace girar la trama de su novela Hombres buenos. He sentido una cierta emoción, como  decía, pues sobre este mundo del libro antiguo no es frecuente que la literatura se entretenga, aunque cuando lo hace nos deje piezas eternas firmadas por Borges, Bioy Casares, Eco... Es este mundo del que  hablo,  transitado por bibliófilos, bibliógrafos, libreros anticuarios, investigadores diversos y, por supuesto, bibliotecarios, un territorio extraño para el que lo observe desde fuera,  al que incluso  considerará fuera de lugar en estos tiempos de lo digital. En la novela que les nombraba, Hombres buenos, uno de sus protagonistas es un  bibliotecario  al que Reverte hace vivir una aventura viajera no exenta de peligros, lo que sorprenderá al profano  seguramente influenciado por el tópico de “ratón de bibliotecas” que el tiempo y la historia ha ido haciendo caer como un estigma sobre esta profesión, y que sólo el paso de los siglos ha ido desdibujando. Volviendo a la fauna de la que hablaba más arriba, siempre he tenido la impresión de que de las especies  nombradas y que habitan el mundo del libro antiguo, el bibliotecario de fondo antiguo es el que se lleva la peor parte, al que   con más recelo se mira. Quizás por la  imagen heredada de otras épocas de guardián de unos tesoros de papel que eran inaccesibles para el resto de mortales. Hoy día el acceso a los contenidos de cualquier libro es posible para quien lo desee gracias a la digitalización, pero bien es cierto también que el acceso a los originales más antiguos y raros deben ser preservados del paso del tiempo. Sigue siendo ese un cometido del bibliotecario  que aún sigue siendo motivo si no de  enfrentamiento, sí de recelo por parte de algunos investigadores. ¿Pero cómo se hubieran conservado  hasta hoy los Epigramas de Marcial en la edición veneciana de 1475 o  el Tratado de Oratoria de Agustinus Datus, de 1514, si el bibliotecario de fondos patrimoniales no hubiera  hecho bien su trabajo? ¿Cómo se habría podido conservar la primera edición de la Encyclopédie hasta hoy en los anaqueles de la biblioteca de la Real Academia de la Lengua, si bibliotecarios como el que describe Pérez Reverte y sus sucesores no se hubieran dedicado en cuerpo y alma a su profesión? RAMON CLAVIJO PROVENCIO

EL VASO

“Father. ¿Qué te parece si en ARCO del año que viene expongo un platito de esos “deliciosos” (el diminutivo y el adjetivo, ironía materna) potajes que nos haces y le llamo “quien bien te quiere, te hará llorar”?”. Mi hija que para esto de las pullitas tiene una retentiva extraordinaria, había visto en la tele esa majestuosa obra de arte “el vaso medio lleno”, que se vendió en 20.000 euros, o esa montaña de papel triturado que alcanzó la cifra de 8.000. Ferias de arte como la de ARCO vuelven a poner sobre la mesa el ya viejo tema del fraude en el arte moderno. A los que nos hemos educado en un arte figurativo y, como mucho, podemos llegar a entender que existe otro arte más allá de las formas, nos suena a rollo de embaucador de feria (y nunca mejor dicho) eso de que “el arte hay que verlo primero con el corazón”, como se atrevió a afirmar en la tele una señora de cuyo cargo en ARCO no quiero acordarme. El “todo vale” que Vargas Llosa denunciaba en su “Civilización del espectáculo” (libro imprescindible), se radicaliza aún más en el mundo de las artes, donde sin escrúpulos ni pudor de ningún tipo te pueden vender un calcetín sudado por unos cuantos miles de euros (“No me des ideas, pá”, le oigo a mi hijo). No hace mucho saltaba a los informativos el caso de Damien Hirst y sus calaveras de diamantes o su tiburón en formol, otro fraude para muchos y, sin embargo, uno de los artistas más cotizados del momento. Este tipo de obras no hacen más que desvirtuar el concepto de arte por muy moderno que nos quieran hacer entender y, sobre todo, vender. No sé qué hará con “el vaso medio lleno” el comprador, que debe de tener un corazón tan pródigo como la cartera, pero lo que sí sé es que 20000 euros se pueden utilizar de forma mucho más beneficiosa para la humanidad. ¿El vaso medio lleno? Mi corazón lo ve medio vacío. José López Romero.


sábado, 21 de marzo de 2015

LOS NIÑOS

No otra circunstancia que la casualidad puso en mis manos recientemente y en un plazo de tiempo muy corto, tres libros a los que si habría que buscarles algún punto en común, este sería sin duda la muerte de un niño o niña. Tres textos de tres autores diferentes, de nacionalidades distintas: “Deseo bajo los olmos” de Eugene O’Neill (estadounidense); “El misterio de Christine” de Benjamin Black (pseudónimo de John Banville, irlandés), y “Almas grises” de Philippe Claudel (francés). Mientras que en los dos primeros libros (drama el de O’Neill y novela el de Black) son recién nacidos o con pocos meses los asesinados, en “Almas grises” es el asesinato de “belle de jour”, una niña de 10 años, el suceso que da inicio a la trama del relato, aunque el narrador esconde un secreto del que solamente al final hará partícipe al lector y que está relacionado con lo que estamos contando. En las tres historias será la locura, la inmadurez o las bajas pasiones las causantes de estas muertes de inocentes que, por serlo, dotan al texto de una mayor dosis de tragedia. En “Deseo bajo los olmos” es el miedo de Abbie, la madre, a perder a su amante, Ebbe, el hijo menor de su viejo marido, lo que le lleva a matar al recién nacido al que cree el causante de su desamor o incluso rencor. Un padrastro inmaduro y violento, que no soporta el llanto de la niña a la que culpa del distanciamiento de su esposa, será el autor de la muerte de la pobre Christine en la novela de Benjamin Black; y, finalmente, un soldado con antecedentes criminales por violación que pasaba como desertor por los alrededores del pueblo, es el asesino de la dulce “belle de jour”, aunque más relacionado con las obras anteriores es ese secreto que esconde el protagonista y que no desvela hasta el final de la novela. La infancia maltratada hasta llegar a la muerte no es un tema ni nuevo ni excepcional en la literatura, recordemos, a modo de otros ejemplos, el pobre hermanillo de Pascual Duarte que sufre las patadas del amante de una madre desnaturalizada y al que le comen las orejas unos cerdos; o, yendo un poco más lejos, la muerte de niños en las novelas de Blasco Ibáñez (el niño Pasqualet en “La barraca”), punto de inflexión de la trama narrativa. Muertes sin sentido, inocentes que pagan con sus vidas los pecados de sus padres o las perversiones de los adultos; pero ninguna muerte más terrible que la del pequeño Rafael del relato segundo de “Los girasoles ciegos”, que no logra ni siquiera sentir el calor de su madre, Elena, muerta en el parto, y que solo al final encuentra el amor de su padre Eulalio, cuando este ya sabe que ambos van a morir. Hijo de la derrota en una guerra que no llegará a entender. La infancia es, sin duda, la gran damnificada de las guerras y de las crisis, de los problemas de los adultos que marcarán sus vidas para siempre –o sus muertes-. José López Romero.


CALIPSO

En el primer canto de la Odisea de Homero (La asamblea de los dioses), se nos narra cómo estos debaten sobre Ulises quien, una vez terminada la guerra de Troya y  regresados todos los griegos a su patria, en cambio permanece retenido en la isla Ogigia por la ninfa Calipso, que  pretende que olvidé Ítaca. Atenea (La diosa de claras pupilas…), intercede por el héroe ante Zeus, y finalmente  y  pese a Poseidón- el único  de los dioses que se opone-, logra su libertad, lo que se nos narra en el capítulo titulado La cueva de Calipso. Jacques-Yves Cousteau, el gran oceanógrafo y aventurero se sintió en su momento fascinado por el personaje de la ninfa, hasta el punto de que bautizó con su nombre, Calypso (pero ahora sin la i latina), el barco –un dragaminas británico de la segunda Guerra Mundial-  con el que a partir de ese momento se haría leyenda, protagonizando un periplo viajero que no le va la zaga del que nos narrara Homero. Viajes estos del Calypso comandado por  Cousteau, donde sus perfiles se desdibujan y funden hasta el punto de que no podemos imaginarnos el uno sin el otro. Ahora Calypso, el viejo barco de Cousteau, lleva años fondeado en los muelles de Concarneau, y mientras se decide qué es lo que hacer con él, la herrumbre y el salitre van lentamente deformando su casco. En la Odisea, Zeus logra convencer al resto de los dioses para que finalmente liberen a Ulises  del hechizo de Calipso, enviando incluso a su mismo hijo Hermes, como mensajero para anunciar a la ninfa el decreto. En este caso, el del legendario navío de Cousteau, mucho nos tememos que ningún dios interceda y libere sus amarras, y en pago a sus servicios a la ciencia y a la gran  aventura lo libre de tan ignominioso destino. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

viernes, 6 de marzo de 2015

PATRIMONIO Y NEGLIGENCIA

Acabo de leer las reflexiones que Lorenzo Silva publica en torno a la destrucción del museo y la biblioteca  de Mosul (Nínive y los Barbudos. El Mundo). No es algo nuevo. Mejor dicho es algo muy, pero que muy viejo, pues antes que nos escandalizáramos de los destrozos que unos hinchas holandeses infligieron al patrimonio de Roma tras la finalización de un partido de fútbol, o nos enterásemos del tesoro oculto fruto de la rapiña, escondido en Múnich por Cornelius Gurlit, ya la historia estaba anegada de destrucciones similares, premeditadas, fortuitas o negligentes –que para el caso es lo mismo-. Es decir ya disponíamos lamentablemente de una geografía del patrimonio destruido a nivel planetario donde algunos topónimos destacan aún  dolorosamente: Alejandría, Granada, Yucatán, Berlín, Dresde, Sarajevo, Bagdad… En el libro de  Robert M. Edsel  Monuments men, luego llevado al cine por George Clooney en la película del mismo nombre, se nos desvela como en los periodos de guerra –en este caso en la más cruenta de ellas- se libran guerras paralelas como la del patrimonio, donde pese a los esfuerzos las pérdidas son tan inmensas que las pequeñas victorias apenas sirven de bálsamo, como se pone de manifiesto en el espléndido libro de J.M. Merino y  M.J. Martínez, La destrucción del patrimonio artístico español (Cátedra, 2012). De entre todo lo que bajo el concepto Patrimonio Material podemos englobar, sigue siendo el más débil y desprotegido el bibliográfico y documental, sobre el que planea especialmente otra forma de destrucción, más soterrada y silenciosa, cual es la de la negligencia. Pese a las normativas protectoras y lo que eufemísticamente se denomina una mayor sensibilización general sobre el patrimonio, no dejo de toparme con colecciones de valor incalculable desmembradas a la muerte del propietario, personajes inapropiados en instituciones depositarias de colecciones centenarias, tacañería rayana en la irresponsabilidad a la hora de disponer medios para la protección de lo que tenemos obligación de conservar. Sigo topándome con documentos y libros destruidos por la humedad o arrasados por los parásitos, cuando hubiera sido posible y sencillo  evitarlo con muy pocos medios. Hay numerosas formas de destruir nuestro patrimonio bibliográfico y documental, pero la más peligrosa –por su inquietante y silenciosa apariencia- es la de la negligencia. F. Báez acaba de sacar un impactante libro sobre todo lo que comentamos  (Nueva historia Universal de la destrucción de libros. Océano, 2014). En él la protagonista, más que las razias brutales impulsadas por la política, la religión o las mil caras del fanatismo, es la negligencia, una negligencia que se viene disfrazando  y justificando de mil formas diferentes desde el comienzo de la historia. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO